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-Autor
Valender, James
-Título
'Algo sobre la muerte de Luis Cernuda'
-Categoría
artículo (revista)
-Publicación
Culturas, suplemento semanal de Diario 16 (Madrid), 232 (25-XI-89), p. v.
-Año
1989
-Colaboradores
-Idioma
español
-Reedición
-Notas
-Texto1
ALGO SOBRE LA MUERTE DE LUIS CERNUDA
James Valender
Partiendo de una lectura de la obra de Luis Cernuda (y me refiero no sólo a su poesía, sino también a su correspondencia, que a veces parece una simple extensión de sus versos), no sería nada difícil ofrecer una imagen de los últimos días del sevillano que coincidiera con los tópicos románticos más trillados: el poeta, hostigado por la sociedad y maltratado por los críticos, que se muere en casa ajena, pobre y olvidado... Tenía razón Oscar Wilde: la vida a veces imita el arte. Pero no exageremos. Al ocuparse de la muerte de Cernuda, una biografía mínimamente seria tendría que tocar, entre otras cosas, los siguientes puntos:
1. A pesar de todo lo que afirmara, tanto en La realidad y el deseo como en Ocnos (véase, sobre todo, el poema en prosa «La casa», donde se queja de la pobreza en que se encuentra sumergido), en los últimos meses (y años) de su vida el poeta tenía una existencia bastante cómoda. En 1952, como se sabe, se había instalado en Coyoacán, entonces un pueblo tranquilo (ahora un barrio ruidoso) en las afueras de la ciudad de México. Muy pronto consiguió clases en la Universidad Nacional Autónoma de México: un trabajo mal pagado, es cierto, pero, junto con una beca que recibía del Colegio de México, seguramente era suficiente para cubrir sus gastos, que no eran muchos, viviendo (como vivía) en casa de Concha Méndez y de su hija Paloma Altolaguirre. La casa, aunque chica, tenía un jardín amplio, donde Cernuda podía descansar a gusto o también, con el tiempo, acompañar a los niños de Paloma (Manolo, Luis y Paloma), por los que sentía una ternura muy grande. Ahí, en casa de Concha (con quien, ya antes de la guerra, había compartido varios años de su vida), pronto estableció una rutina de vida sobria y sencilla, de acuerdo con su carácter. «Se levantaba a eso de las seis de la mañana- recuerda Concha- y bajaba al refrigerador a tomar un jugo; luego subía a su cuarto y lo arreglaba, pues como decía: "No me gusta que enreden las cosas". Por la mañana salía a dar un paseo de una hora por Coyoacán. Cuando volvía, se quedaba en el jardín hasta la hora de comer; después del almuerzo, se iba a su cuarto y ya no lo veíamos hasta la hora de la cena. Eso sí, la hora de la cena para él era muy temprano, con los niños, pues se acostaba a las siete, se quedaba leyendo hasta las once y luego se dormía. Y así, un día tras otro». Si a esto agregamos sus visitas, tres o cuatro veces por semana, al cine de Coyoacán, que quedaba muy cerca de la casa, entonces vemos que no lo pasaba nada mal. De hecho, aunque sus recursos eran modestos, llevaba la vida apacible y tranquila que quería.
2. Aunque sus versos, y sobre todo los de su último libro Desolación de la Quimera, están repletos de quejas en contra de la crítica, nuevamente no hay que tomarte demasiado al pie de la letra. Sí, hubo notas y reseñas incomprensivas y hasta hostiles, pero también es cierto que, con el paso de los años, eran cada vez más los lectores que admiraban su poesía. En 1955 recibió el homenaje de los poetas y críticos agrupados alrededor de la revista Cántico; homenaje luego seguido por aquel otro, todavía más nutrido, que organizó la revista La caña gris en el otoño de 1962. Por otra parte, eran cada vez más las cartas que le llegaban de poetas jóvenes, que le escribían para pedirle opinión sobre su obra... Es decir, lejos de morir olvidado u hostigado por la crítica (como un Keats español), en sus últimos años Cernuda se sabía acompañado por un pequeño pero creciente grupo de lectores que sí apreciaban su poesía en su justo valor. De hecho, si algo le preocupaba a Cernuda al final de su vida no era la falta de interés de los lectores, sino, al contrario, la posibilidad de ser comprendido. En realidad, al quejarse de los críticos, lo que quería no era promover su popularidad, sino defender su independencia; una independencia que se encontraba amenazada precisamente por el éxito que su obra empezaba a tener.
3. Su muerte, ocurrida el 5 de noviembre de 1963, fue, en sí, bastante prosaica. Las circunstancias las contó Paloma Altolaguirre, en una entrevista que le hizo Cuqui Rivas. La mañana del 5 la sirvienta le avisó a Paloma que Cernuda no había bajado a tomar su jugo. «Subí corriendo, y cuando estaba a media escalera, lo vi . Estaba tendido en el suelo. Tenía puestas la bata y las zapatillas. En la mano derecha sostenía su pipa y en la izquierda, una caja de cerillas. Había tres o cuatro apagadas en el suelo. Se veía que el paro cardíaco lo había sufrido al querer bajar a la cocina». ¿Se cumplió así ese presentimiento de muerte que lo había acompañado durante algún tiempo, como algunos han sugerido, queriendo así, a través de esta noción de fatalidad, elevar su vida al rango de lo trágico? ¿O fue simplemente un accidente de la vida, que se hubiera podido evitar si el poeta, por razones de pudor (no quería que nadie le viera en paños menores), no se hubiera negado a dejarse revisar por un médico? Yo me inclino más bien por la segunda explicación.
El día después del entierro, acompañada por Cuqui Rivas, Paloma subió al cuarto de Cernuda. «Cuando abrimos la puerta del cuarto- recuerda Rivas- nos dio la impresión de que estábamos entrando en la celda de un monasterio. Las paredes desnudas. Un sofá, una cama, un vaso de agua en la mesilla de noche, un pañuelo bajo la almohada. Un escritorio, un librero... Todo igual. Parecía que de un momento a otro iba a entrar el poeta protestando porque habíamos violado su intimidad». Sobre la mesa, sin abrir, estaba un paquete que contenía el manuscrito de su traducción de Troilo y Crésida. En la mesilla de noche, el libro que leía en ese momento: Novelas y cuentos, de Emilia Pardo Bazán. Marcando la página, dos reproducciones: el David, de Miguel Angel, y el retrato de Francisco I, por el Ticiano. Y en su máquina de escribir, una nota a su ensayo sobre los Alvarez Quintero... Más que el acto final de una tragedia, su muerte parece haber sido un episodio fortuito, que interrumpiera bruscamente la vida de alguien que estaba en pleno dominio de sus poderes.
Para terminar, quisiera contar dos breves anécdotas. Hace tres o cuatro años vino a México, a visitar la tumba de Cernuda, un grupo de escritores españoles. Esta tumba, que se encuentra en el Panteón Jardín, está claramente identificada. Pero estos escritores, movidos por los versos del poeta que preveían la piedra de su tumba «sepultada entre ortigas / sobre la cual el viento escapa a seis insomnios» vinieron a comprobar que esto efectivamente era cierto. El proyecto era bastante arriesgado, dadas las circunstancias; pero, para evitar cualquier decepción, tomaron la precaución de emborracharse primero. Y claro, como el barco de Rimbaud, se perdieron en la noche de su propia embriaguez; la cual fue, tal vez, su única salida frente a una realidad insoslayable. Así, confundiendo su propio extravío con el extravío de la tumba, pudieron anunciar, triunfantes, a sus lectores que la profecía se había cumplido; que el recuerdo de Cernuda se encontraba ahí «donde habite el olvido».
La otra anécdota me la contó Paloma Altolaguirre. Poco después de la muerte de Cernuda, ella recibió una carta de alguien que había sido muy amigo de Cernuda en Londres. En esta carta el amigo le pidió que firmara como suya una descripción totalmente ficticia de cómo se había muerto Cernuda, para poder después difundirla en la prensa española, Según él, Cernuda no debió morir como murió, sino mirándose en un espejo; y para tener la íntima satisfacción de ver la vida coincidir con la obra (o, más bien, con una lectura muy parcial de esta obra), el amigo está dispuesto, incluso, a pedirle a Paloma que falsificara su testimonio; cosa que ella, por supuesto, se negó a hacer.
Estas anécdotas (y que podría citar varias más) demuestran hasta qué grado la poesía de Cernuda se apodera a veces de sus lectores; pero también señalan claramente la trampa en que se puede caer. Obviamente, si queremos ser fieles al poeta, debemos ser más respetuosos. Confundir su muerte con un poema es dejar de percibir tanto la riqueza estética de su obra, como la perplejidad psicológica de su persona. Es decir, es perder demasiado.
Apud. Cuqui Rivas, «Una muerte silenciosa, igual que fue su vida, tuvo Luis Cernuda», El Día (México D.F.), núm. 494 (7-XI-63), p.3. Todas las citas que se reproducen provienen de este texto.
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