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-Autor


Rodríguez Feo, José

-Título


'Cernuda en La Habana'

-Categoría


artículo (revista)

-Publicación


La Gaceta de Cuba (La Habana), (octubre), p. 20.

-Año


1987

-Colaboradores




-Idioma


español

-Reedición




-Notas


biografía - Cuba

-Texto1


CERNUDA EN LA HABANA




José Rodríguez Feo




En la primavera de 1949, conocí a Luis Cernuda en el Mount Holyoke College donde enseñaba literatura española desde 1947 en que abandonó Inglaterra definitivamente. Por aquella época, José Lezama Lima y yo dirigíamos la revista Orígenes donde colaboraron los poetas españoles más importantes que habían partido al exilio tras la caída de la Republica. Pero nunca me había decidido a escribirle a Cernuda para pedirle un poema para la revista. Un día hablando de esto con Pedro Salinas, me preguntó por qué no lo había hecho y cuando le expliqué que era porque Cernuda tenía fama de ser una persona muy difícil me dijo: Pamplinas, lo voy a escribir y ahora mismo te voy a dar una carta de presentación para él. Como por aquellos días estudiaba en la universidad de Princeton, no fue hasta el próximo fin de semana que emprendí viaje a Mount Holyoke. Recuerdo que me bajé del tren de lo más preocupado pensando si Cernuda habría recibido el telegrama donde le anunciaba mi visita. Aunque no lo había visto ni en retrato, confiaba en que reconocería fácilmente a un andaluz entre un grupo de americanos y me puse a observar detenidamente a las personas que habían acudido a recibir a los viajeros. Pero no vi a nadie que se pareciera al poeta. Al cabo de un tiempo, el andén quedó desierto, pero cuando me dirigía un tanto perplejo hacia la parada de taxis, vislumbré a lo lejos a un individuo que era la estampa misma de un caballero inglés. Cuando pareció haberse convencido de que yo era el visitante que esperaba, caminó hacia donde yo estaba y me dijo mirándome fijamente: Usted debe ser el cubano. Era Cernuda un señor de porte distinguido, más bien delgado, de baja estatura, cabello ligeramente encanecido y un pequeño bigote. Su rostro de ángulos pronunciados parecía esculpido por algún antepasado fenicio. Conversaba con ligeras pausas, como suelen hacerlo las personas que temen cometer una indiscreción. Cuando le dije que Salinas me había animado a que le escribiera, sonrió por primera vez y me dijo que Salinas había sido su profesor en Sevilla y que le debía sus primeras lecturas de Mallarmé, Rimbaud, Proust y Gide. Cernuda tenía fama de ser retraído y de trato áspero y, aunque se mostró muy cordial conmigo, comprendí que se sentía incómodo con mis maneras joviales y efusivas. Cuando pasamos por su cuarto, antes de ir a cenar, me impresionó su sobriedad: desprovisto como estaba de cuadros, alfombras y cortinas. Parecía la celda de un monje. Sólo vi un libro, sobre una mesa de metal blanco. Me extrañó tanto que no hubiese al menos un librero que lo comenté cuando íbamos hacia la taberna del pueblo. Durante la cena hablamos mucho de literatura y de sus autores preferidos y finalmente me armé de coraje y le pedí una colaboración para Orígenes. Pero me dijo que no había escrito nada últimamente. Parecía cansado y, en el camino hacia la estación, no pronunció una sola palabra. Afortunadamente, cuando llegamos a la estación, vi a lo lejos las luces del tren que se aproximaba. Entonces pasó algo imprevisto: cuando le extendí la mano para despedirme, se sonrió y me dijo que no me preocupara; me enviaría uno de los ensayos en que estaba trabajando. Pero no fue hasta el año siguiente que recibí su texto sobre Vicente Aleixandre.


En el mes de diciembre de 1951, lo invité a pasarse unos días en La Habana a su regreso de México. Cuba realmente lo deslumbró y siempre me decía que le recordaba mucho a Cádiz. Cuando recorríamos las callas de La Habana Vieja, le parecía que estaba en Andalucía por la forma de caminar y hablar de los cubanos. Le presenté a Lezama Lima y otros poetas del grupo Orígenes. Durante el tiempo que permaneció entre nosotros, parecía otra persona: locuaz, alegre y menos retraído que en Mount Holyoke. Antes de partir, me confesó que nunca había extrañado tanto a España como durante su estancia en Cuba.


La carta que le escribió a Lezama Lima a su regreso a Estados Unidos expresa mejor que nada que yo pueda decir la profundo impresión que le causó su visita a Cuba y "Aire de La Habana", una de las mas bellas evocaciones de nuestra capital y su cielo, cierra con una misteriosa y conmovedora interrogante que refleja la angustia que siente todo ser humano desarraigado de su tierra natal.


La carta de Lezama Lima que publicamos por primera ver es parte de la Papelería de Jose Rodríguez Feo y pertenece al Patrimonio Cultural de Cuba y "Aire de La Habana" está tomado de la obra de Luis Cernuda, Poesía y literatura II, publicada por Seix Barral en 1964.






AIRE DE LA HABANA




Hay gentes para quienes entender es cuestión de distancia. El contacto crea en ellas, si no siempre una confusión, al menos una ofuscación del entendimiento.


No quiere esto decir que cuando a uno de dichos seres se le ponga bruscamente ante una experiencia para él inusitada vaya a conducirse con inconsciencia o irresponsabilidad.


Lo que suele ocurrir es todo lo contrario. Pues que no ve sino lo que quiere y no quiere sino lo que conoce, de ahí que, en aquel trance haya en él un retraimiento dentro de su conciencia, traducido a lo exterior por una impasibilidad que los demás suelen llamar frialdad, mientras por interior todas las potencias actúan para asimilar, entender y revelar a la manera que la placa fotográfica herida por la luz. Más tarde es cuando la reacción aparece, cuando el entendimiento puede ya pronunciarse a la distancia.


Llévese a una de esas personas a quienes inhibe la presencia real de las cosas, a una tierra y ciudad nuevas, y ellas comenzarán por parecerle no existir sino en presentimiento , raramente como actualidad inteligible inmediata y su visión primera de las mismas como capricho irrazonado. Pues que yo mismo soy uno de esos seres a que venía aludiendo, ¿sería esa la razón para que La Habana, en mi primera y única visita, me pareciese como amontonamiento blanco en torno del cual y encima del cual el aire se levantaba desmesurado? Verdad es que los horizontes marinos tienen siempre una trasparencia y una amplitud peculiares, qua parecen restar importancia a la ciudad que cobijan. Pero luego, a distancia de aquellos días en La Habana, comencé a entrever y a comprender mi visión y sus razones.


Quienes hablan de una ciudad sólo se refieren, por lo general, a una parte de ella: esa que está en el suelo, con sus calles y sus casas, como si nada tuviera que ver con otra aún más importante, que es el aire y la luz que la envuelven. El aire y la luz son parte integrante de la ciudad, y de tal modo, que son ellos quienes confieren a la ciudad su carácter singular, quienes hacen de ella lo que la ciudad íntimamente es. Puedo hablar de esto pues que nací y viví la niñez y gran parte de la juventud en una ciudad que es toda ella una gran fantasmagoría de la luz, y supongo que puede adivinarse a qué ciudad me refiero: a Sevilla. Como no llegué a salir de ella hasta muy tarde, me faltaba término de comparación con otra, lo cual me hubiera descubierto el artificio con que la luz hace de Sevilla lo que quiere.


Sólo más tarde, al ir a Madrid por vez primera, me di cuenta, antes que de otras diferencias, de ésa primordial de la luz. Madrid no me parecía austero por ser castellano, sino porque su luz no tenía artificio. La claridad del aire, su limpidez, eran para mí cosa inusitada. Poder observar los objetos distantes con tanta nitidez de contornos me producía cierta tristeza, cuya causa no sabía entonces y hoy sí: porque me faltaba por primera vez la caricia envolvente, la protección amorosa del aire. Ante los lienzos de Velázquez, en el Prado, comprendí que éste pintaba en Castilla, como hubiera pintado en Andalucía, sumiendo a los cuerpos y a las cosas en una atmósfera irreal, de fantasmagoría luminosa. Al mismo tiempo, de rechazo, comprendí la pintura andaluza clásica, en la que la luz y el color son resultado del aire que los tamiza, dándoles suavidad y delicadeza. Quien quiere las orgías de color que no vaya a tierras del sur, que vaya al norte a buscarlas.


Antes de caer en La Habana había yo visto tierras del trópico, y aunque no mucho, lo bastante para percatarme que, al contrario de la creencia común, una de sus más elementales características puede ser la mesura. La Habana me confirmó en dicha creencia, quedando ya para mí como ejemplo de ella. Y es que paradójicamente, como ciudad, parece existir por su cielo y quien quiera hablar de ella no puede hacerlo sin antes hablar de su aire. Para conocerla hay que mirar hacia arriba, y no en cualquier momento del día, sino de preferencia al atardecer.


Algunas ciudades conozco de cuyo atardecer guardo memoria: Sevilla y su poniente junto al río: Cambridge (1), con sus nubes marmóreas de verano paradas en círculo sobre el horizonte: México, tendido en su valle bajo la claridad roja y gris del crepúsculo. También en La Habana el atardecer es memorable: el aire ahí no se ensancha tanto como se ahonda, entreabriendo camino, como para unas alas, hacia el fondo mismo del cielo, en cuyas nubes o, mejor, en cuyos celajes, vibran los colores ensordecidos. La silueta de la ciudad entonces, el ahondarse de tal modo el aire sobre ella, parece descansar, igual que la superficie de un agua quieta, bajo la maravilla de su cielo.


¿Dónde había yo visto algo afin? No en la realidad, probablemente. ¿Venecia? El Malecón, recorrido aprisa en coche, desplegando su curva un poco solemne, no me retraía tanto a cierta vislumbra de Cádiz como a Venecia que, por lo demás no conozco. Entonces, ¿por qué Venecia? Ahí está la clave de lo que trato de sugerir: no la ciudad por mi no vista, sino su pintura de horizontes marinos y aires levantados. La Habana, en ese tamización final del recuerdo, con los celestes, los violados, los grises de su celaje crepuscular, de una sin par delicadeza pictórica, ahondaba para mi el decorado a lo Tiépolo de una Ascensión.


La Habana es su cielo, y éste no parece parte del cielo común a toda la tierra, sino proyección del alma de la ciudad, afirmación soberana de ser lo que ella es. ¿No se diría que hermosa, airosa y aérea: un espejismo?




NOTAS


1. Advertiré, aunque acaso sea innecesario, que me refiero a Cambridge, Inglaterra, no a Cambridge, Mass.






Mount Holyoke College
South Hadley, Mass.
Febrero 8, 1952


Querido Lezama:


Aquí me tiene ya. No digo que parece mentira, porque ya quisiera yo que fuera mentira, y que me encontrase de pronto otra vez ahí. Para consolarme digo que sólo son cuatro meses, pero sé que los cuatro meses pueden llenarse con lugares, con amigos, con entusiasmos por esto o por aquello, y aquí nada de eso hay, ni nada ocurra que valga la pena. Pero yo sólo quería escribir estas líneas para enviarle un saludo, con mi agradecimiento por su amistad y por su compañia durante mis días de Cuba. Acaso no le dije cuánto me ha gustado conocerle, la simpatía que enseguida le tuve, y cómo ese conocimiento, unido a la admiración que ya tenía a su poesía, han despertado en mí amistad verdadera.


No sé si mis días cubanos van a tener ecos en verso, o en prosa. Es probable que sí. Pero en todo caso, tienen ecos en mí, y eso es lo más que puedo hoy decir de una tierra o de una persona. Ya recordará por nuestras charlas cuán escéptico me he vuelto y cuán poco espero, si es que esperaba algo, de este menester de literatura.


Lo importante es este entrañable presencia, que es parte de nuestra vida, de una tierra o de una persona; y Cuba es ya para mí eso, juntamente con otras pocas tierras, que he conocido y son parte mi existencia, no recuerdos (cómo los detesto ahora), sino realidad fiel.


Escríbame alguna voz, si tiene ganas y tiempo. No me atrevo a decirle que tal vez nos veamos en junio, porque la cuestión del curso de verano me parece, a pesar de mi deseo, o precisamente por él, más que vaga e improbable.


Un abrazo de


Luis Cernuda








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